martes, 10 de enero de 2017

Friedrich Wilhelm Ernst Paulus

Cuando se habla de la batalla de Stalingrado, se suele centrar la atención en el desastre final del VI Ejército y en las dantescas escenas de su derrumbe, y al buscar un culpable todas las miradas suelen volverse hacia el Generalfeldmarschall Friedrich Paulus, al que el veredicto popular ha sindicado como el principal responsable de esa derrota alemana. Sin embargo, el trágico epílogo del 6º Ejército comenzó a escribirse mucho antes de ese wagneriano final, y la fecha de gestación del mismo podría fijarse sin temor a exagerar, entre el 19 y el 27 de Noviembre de 1942, es decir en los ocho días posteriores a la ruptura del frente que llevaría al cerco y al final desenlace.



Las decisiones que se tomaron en esos ocho días, sellarían el destino de los hombres que habían quedado atrapados en «Der Kessel». Desde mi punto de vista, los protagonistas que tuvieron mayor incidencia en el desarrollo de los acontecimientos fueron 4, a saber, y en ese orden: Hitler, el Generalfeldmarschall Erich von Manstein, el Reichsmarschall Hermann Göring (junto al Jefe de su Estado Mayor, el Generaloberst Hans Jeschonnek) y solo en último término, Friedrich Wilhelm Ernst Paulus.



De los cuatro, el que mejor librado ha salido hasta ahora es Manstein (al que solo suele recordarse por sus genialidades), que luego de auto exonerarse de responsabilidad alguna en este evento, en el relato que de él hace en sus memorias, se las arregló para desplazar discretamente hacia un cono de sombra el hecho de que él era el Jefe del grupo de Ejércitos del Don (Heeresgruppe Don) desde el 24 de Noviembre de 1942 (A los dos días de iniciado el cerco!), y por lo tanto superior inmediato de Paulus y nexo directo con Hitler, al momento de producirse los acontecimientos.






Hoy ya no caben dudas que Manstein, tanto por las decisiones tomadas como por las omisiones cometidas desde que recibió de Hitler el mando del Heeresgruppe Don, jugó un papel central en el desastre del 6. Armee.


Otras opiniones son bien distintas, y difieren totalmente de esta visión.


Para algunos, la vida de Friedrich Wilhelm Ernst Paulus, a quien le gustaba disimuladamente que le apodaran con cierto aire burgués, el "Lord" debido a sus pomposos cuellos de camisas, fue muy variopinta... 

La casta y abolengo que no formó parte de su familia por falta de pedigrí aristocrático la  trató de compensar de forma casi obsesiva con comportamientos protocolares que rayaban lo irrisorio, llevado por ese sentimiento de mea culpa ingresó al Ejército, no sin antes de ser rechazado debido a los estrictos parámetros feudales de la Armada Imperial.


Participó en la "Gran Guerra", destacándose más con un bolígrafo que con un fusil -cruz que llevaría durante su apocalíptico mando del 6º Ejército- actitud que llevaría con el peso de los años, tanto en la República de Weimar y el naciente "Tercer Reich".

Iniciada la nueva contienda pasó mucho tiempo en cargos burocráticos, estando plenamente capacitado para las misiones que dichos cargos le exigían, bien entrada la Segunda Guerra y viendo como la Wehrmacht se cubría de gloria, se "sintió" agobiado por la ética militar y por la falta de acciones heroicas en su currículum, aprovechando el tiempo perfecto pero muy a su pesar no el momento oportuno, para llevar las riendas del contingente más grande de la Wehrmacht en la cruzada contra el bolchevismo (6º Ejército), recién fallecido el más exitoso de los comandantes del frente oriental (Von Reichenau) el mismísimo Führer (y con todas las dudas derivadas a quien podía colocar allí) a pesar de las negativas de gente capaz como Guderian, Von Bock y Hoth, le dió luz verde al fin del sueño alemán, delegando a Paulus a tan alto cargo, permitiendo con ello que se dieran hechos que por la falta de decisión y de acciones oportunas de quien jamás había estado al mando de ni siquiera un regimiento, sucedieran...






Haciendo honor al dicho de que "toda escoba nueva limpia bien" ejecutó un movimiento de pinzas (gracias a la oportuna llegada del Panzergruppe Von Kleist) donde se lograron cercar a las fuerzas del Mariscal Timoshenko en la ciudad de Jarkov, por este hecho se le otorgó la Cruz de Caballero. 


Al finalizar la maniobra se mostró muy desacertado y dubitativo y casi llega perder la ciudad. La siguiente misión contemplada en la "Operación Azul", era destruir los Ejércitos en retirada y proteger a las fieras tropas que se dirigían en la conquista de los pozos petroleros del Cáucaso pero nuevamente la falta de experiencia y de astucia lo llevó a retrasar el ataque a las tropas del Ejército Rojo que se batían en retirada, dándoles un tiempo vital, lo que llevaría a que éstas se pertrecharan en la ciudad más cercana y a la cual sería muy difícil tomar mediante un movimiento de pinzas, la única maniobra que dominaba Paulus.


Todas estas omisiones dieron como resultado la peor de las batallas de la humanidad, Stalingrado, el Verdún y el Somme del Frente Oriental.


Fue incapaz de servirse de su Ejército, invencible en toda contienda, no supo sacarle provecho a este factor, permitiendo con su falta de pericia y marcada deficiencia, que las tropas bajo su mando combatieran a muerte con un tesón admirable en los suburbios de ese infierno y que a causa de ese apocalipsis y por falta de un reconocimiento decente, fueran cercados en una maniobra que tomó a todos los alemanes por sorpresa.


Ante la pasividad de Paulus y con la contundente negativa por parte del Führer de abandonar sus posiciones, fueron asfixiados hasta el peor de los suplicios... no valió de nada la bandera ondeando en la ciudad cuando sólo faltaba tomar una porción de ella ni mucho menos el nervioso discurso de la victoria de Hitler.


En este espectáculo dantesco se vivieron las peores de las pesadillas... se pusieron a prueba los limites de la resistencia humana, la confraternidad y la deserción eran pagadas con la muerte de manera inmediata... para los sobrevivientes si el congelamiento, hambre y piojos no fueron suficientes... los francotiradores rusos si los alertaron ya que literalmente hicieron fiesta logrando minar la poca moral de las tropas sitiadas. 


Todo esto ante la incredulidad de generales muy competentes (sitiados, por favor!!) como Hube y von Seydlitz, viendo la situación irreversible pero inmutado ante el Führer no se atrevió  a tomar la iniciativa para tratar de romper el cerco cuando Erich von Manstein (quien recorrió un montón de kilómetros desde Leningrado, perdiendo material bélico y humano irreemplazable) fue a su encuentro.... igual fue su acción al enterarse de su ascenso a Mariscal, no por merecimientos, sólo fue para espolearlo a que cometiera suicidio y así rindiera tributo a los 150 mil soldados que cayeron por culpa de su errático mando, en vez de eso procedió a desobedecer deliberadamente tal insinuación y con la cara bien limpia se rindió (alabando a Stalin y al Ejército Rojo, para más inri de Alemania) sin importarle la suerte de lo poco que quedó de lo que antes fue el Ejército más efectivo de la Wehrmacht.


Que pensarían todas las tropas que victoriosamente seguían su paso desde Maikop hacia Grozny y Baku, que vieron que su flanco norte quedó totalmente expuesto por culpa de un general de cartón y su falta de capacidad. Punto de inflexión en la guerra, de allí en adelante ni un metro más de Rusia y con eso comenzaría el inicio del fin de la Wehrmacht.


Nada resumiría mejor las siguientes lineas... "un jefe militar abúlico e incapaz, un pobre hombre, un mal militar, un mal alemán y un mal perdedor" como lo describiría posteriormente Leon Degrelle.


Paulus fue hecho prisionero por los soviéticos. Durante su cautiverio, criticó al régimen nazi y se unió al Comité Nacional por una Alemania Libre, pidiendo a los alemanes la rendición. Actuó como testigo en 1946 durante los Juicios de Núremberg.


Liberado definitivamente por los soviéticos en 1953, dos años antes de la repatriación de los últimos prisioneros de guerra alemanes, vivió en la ciudad de Dresde (entonces Alemania Oriental); un par de años después de su liberación, ejerciendo como jefe civil del «Instituto de Investigación Histórica Militar» de la RDA, ocupación que tuvo hasta el fin, desarrolló parálisis bulbar progresiva, una forma de esclerosis lateral amiotrófica, que le causó la muerte en una clínica de Dresde el 1 de febrero de 1957.

Pocos personajes hay en la II Guerra Mundial que caigan tan antipáticos como el mariscal Paulus, el hombre que rindió el Sexto Ejército alemán en Stalingrado y fue la cabeza visible de la derrota más simbólica (en realidad la más decisiva fue la de Kursk) en la contienda. Los hay peores, claro, verdaderamente malvados y atroces –de Heydrich, por ejemplo, no dices que fuera antipático, y menos se lo hubieras soltado en su cara-, pero Friedrich Paulus destaca en la categoría de los desagradables.

Paulus, del que ahora se reedita Stalingrado y yo (La Esfera de los Libros), un libro fundamental y descatalogado desde hace años –en realidad no unas memorias sino un conjunto heterogéneo de textos y documentos compilados por Walter Goerlitz y prologados por Ernst Alexander Paulus, el hijo del mariscal (tuvo otro que murió en Anzio), fue siempre un tipo estirado, agrio, adusto, de nula empatía, indeciso, pretencioso y cargante, que además se creía la repanocha. Era de aquellos que en plena guerra mundial van por ahí medrando y preguntando qué hay de lo mío. Es verdad que era alto, guapo y elegante y eso engañaba. Pero no tenía para nada el carisma de Rommel, al que se parece en otras cosas como lo de perder batallas famosas y que Hitler le animara (en su caso sin éxito) a suicidarse.

Lo elevaron por encima de sus méritos y capacidades y ejerciendo el mando se mostró estricto, puntilloso, ordenancista pero a la vez vacilante, e incapaz de comprender y no digamos de compartir las penurias de sus soldados. Por supuesto jamás mostró -mientras luchaba- la más mínima compasión por el enemigo ni remordimientos por la guerra de aniquilación que Hitler libraba y de la que él era parte privilegiada del engranaje con sus pantalones de montar con raya roja, sus mapas y sus guantes de cabritilla. Le indignaban más los malos modales de Jodl que las Leyes de Nuremberg.


Era un snob como una casa. Es cierto que el detalle parece añadir poco al perfil negativo de alguien que comandaba un devastador ejército mecanizado de Hitler pero es que Paulus era verdaderamente repulsivo en ese aspecto y hasta coqueteaba con ese “von” de su apellido que no era para nada de recibo y con el que sin embargo se le conoce popularmente. En realidad la aristócrata era su mujer, la rumana Elena-Constance Rosetti Solescu, llamada Coca por su familia, descendiente de la más rancia nobleza de Moldavia y Valaquia y que eran amigos de los Cantacuceno (no me extrañaría que Elena hubiera conocido a Patrick Leigh Fermor durante las andanzas moldavas de este con la princesa Balasha). Su esposa (que soñaba con verlo en el puesto de Keitel) le allanó el camino al entonces joven alférez Paulus, de familia pequeñoburguesa de Hessen (y rechazado por ello en la Marina imperial) para ingresar en el gran mundo de la vieja Europa, pero también le puso el listón alto: ya que no tenía pedigrí propio debía labrarse una reputación y esas cosas suelen salir mal: igual que te lías en Nóos la lías en Stalingrado.


Allí demostró que ponerlo al frente del Sexto Ejército –sin haber tenido antes ni siquiera el mando de un regimiento- había sido una pifia, lo que, si bien se piensa fue una suerte para el mundo civilizado. En el momento crucial, cuando desobedeciendo las órdenes de Hitler pudo quizá haber salvado al menos una parte de sus fuerzas rompiendo el cerco y huyendo de aquel infierno a la derecha del Volga, se jiñó literalmente (sufría de colerina, “el mal ruso”) y permaneció dudando, como acostumbraba. Hitler le nombró mariscal en los últimos momentos (el 30 de enero de 1943) confiando en que se suicidaría; sin embargo, Paulus prefirió entregarse a los soviéticos y quedar como un cobarde, pero un cobarde vivo. Esto, que sorprendió a los propios rusos, hasta nos podría inspirar simpatía –todo lo que sea hacer rabiar a Hitler...-, pero el flamante mariscal se desentendió de la espantosa suerte de sus hombres y pasó un cautiverio mucho más amable en el que hasta tuvo oportunidad de aprender a jugar al bridge (le enseñó el padre del dramaturgo catalán Pablo Ley, también prisionero). Mientras tanto, accedió a dejarse manipular por la propaganda soviética e hizo profesión de anti nazismo, lo que desde luego era más seguro en Moscú que en Berlín.



El General Friedrich Paulus es fotografiado mientras planea el ataque hacia la ciudad de Stalingrado. URSS, 1942.


Tras la guerra participó en los Juicios de Nuremberg como testigo contra sus pares, los jefes de la Wehrmacht, se instaló en la Alemania del Este y allí murió en 1957, rodeado de los fantasmas mudos de todo su Ejército.

Su bajo liderazgo aunque admitido, no fue causa única en la catástrofe alemana.


"No logro comprender que alguien como él no prefiera la muerte. Esa clase de gente diluye el heroísmo de muchos miles de hombres. Una mujer puede pegarse un tiro ¡y un soldado es incapaz! Lo que más me duele es que acabo de nombrarlo mariscal de campo. Me parecía bien concederle esa última alegría. Es el último que nombro. ¡De veras que no lo comprendo! Que tantos hombres tengan que morir, y luego sale un tipo así, sin agallas, y en el último minuto ensucia la heroica reputación de todos los otros". Palabras de Adolf Hitler cuando conoció su rendición a pesar de haberlo nombrado mariscal del campo.












Fuentes Bibliográficas:




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Scherzer, Veit (2007). Die Ritterkreuzträger 1939–1945 Die Inhaber des Ritterkreuzes des Eisernen Kreuzes 1939 von Heer, Luftwaffe, Kriegsmarine, Waffen-SS, Volkssturm sowie mit Deutschland verbündeter Streitkräfte nach den Unterlagen des Bundesarchives [The Knight's Cross Bearers 1939–1945 the Holders of the Knight's Cross of the Iron Cross 1939 by Army, Air Force, Navy, Waffen-SS, Volkssturm and Allied Forces with Germany According to the Documents of the Federal Archives] (in German). Jena, Germany: Scherzers Militaer-Verlag. ISBN 978-3-938845-17-2.
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